Este fin de año un amigó me comentó que mientras pasaba las vaciones de invierno, una máquina se llevó por delante un cable de fibra óptica en la estación de esquí Baqueira Beret y, como consecuencia de ello, estuvieron 12 horas desconectados de la red.
Al contrario que la mayoría de las personas, que entraron en pánico por no tener el móvil en funcionamiento, ni poder pagar con las tarjetas, mi amigo me dio una versión mucho más positiva del incidente: «nosotros tuvimos tiempo para algo revolucionario, hablar, leer, reírnos y disfrutar en familia sin que un teléfono nos interrumpiera».
La verdad es que al principio me pareció un poco cursi, pero los acontecimientos del ‘apagón’ en España me ha hecho reflexionar sobre la dependencia tan absoluta que tenemos de la tecnología y las consecuencias que acarrean a nuestras familias y, especialmente, a nuestros hijos.
Primera parte: sonrisas, cachondeo y cervecitas al sol
Al principio, el apagón parecía algo banal, anecdótico y hasta divertido. Afortunadamente hacía un día soleado, con una temperatura primaveral muy agradable y eso, quieras o no, nos infunde un mejor estado de ánimo y de empatía con quienes nos rodean.
A medida que pasaban los minutos las personas iban dejando paulatinamente las viviendas y oficinas y comenzaba el terrible ‘radio macuto’: «ataque cibernético en toda Europa», «tormenta solar». Todavía se tomaba con cierto cachondeo hasta que empezaron a fallar definitivamente los móviles. Reconozco que yo me quedé sin ningún tipo de conexión desde el minuto uno, al contrario que otros de mis compañeros, y eso me generó una mayor intranquilidad.
Segunda parte: empiezan los nervios
Pero cuando las comunicaciones colapsaron definitivamente empezaron los nervios. ¿Funcionará el Metro? ¿Es verdad que hay grandes atascos? ¿Habrá que recoger al niño del cole? ¿Cómo estará mi madre? ¿Funcionarán los cajeros? ¿Estarán las gasolineras abiertas? ¿Tenemos comida y agua en casa? ¿Cómo se abre el garaje eléctrico? ¿Cómo voy a llegar si dicen que los semáforos están fuera de combate?
Y todas estas respuestas nadie las tenía. Porque salvo los que contaban con un bendito transistor como el de mi abuela o la radio del coche, nadie sabía nada; todo eran meras especulaciones que íbamos desgranando a diestro y siniestro convirtiendo las sonrisillas nerviosas en el inicio del miedo y de la verdadera preocupación.
Tercera parte: llega el caos
Y cuando nadie nos daba respuestas, e intuíamos que no nos las darían a corto plazo, la mayoría de las personas pensaron al unísono una única cosa: quiero estar con los míos ya mismo, por lo que pueda pasar.
Empezó el caos. Los embotellamientos, las colas eternas en los supermercados y gasolineras, la desesperación por la mermada capacidad del transporte público. En Madrid sin Metro no somos nadie, y no funcionaba, igual que los trenes de cercanías, tan vitales para acercar a las personas a sus hogares desde el lugar de trabajo en una urbe tan inmensa.
Las paradas de autobús estaban atestadas de gente, la M-30 (carretera de circunvalación de Madrid) tenía hileras de personas desfilando por los arcenes en busca de su destino. Las madres y los padres angustiados por no poder comunicarse con los colegios para ver como estaban sus hijos, pese a las advertencias de las autoridades de que no se preocupasen, que estarían debidamente atendidos. Es fácil decirlo, claro. Pero si además no te enteras de estos anuncios, la congoja crece. Los transeúntes caminaban como zombis con el teléfono como una extensión de su brazo intentando la hazaña de obtener una mínima cobertura, moviéndolo de un lado para otro.
En los pocos supermercados que estaban abiertos a mediodía, los heroicos Mercadona, El Corte Inglés y Alcampo, en la mayoría solo podías comprar si tenías dinero en efectivo, y eso creaba frustraciones, pero no hacía menguar las colas de cuarenta o cincuenta personas con su carrito repleto de embutidos, fruta, agua y demás productos alimentarios para comer en frío. Y todavía… sin tener noticias certeras de lo que pasaba.

Cuarta parte: tranquilidad
Pero a media tarde llega el milagro. Las familias se lanzan a la calle con los niños. Los parques se llenan de alegría, gritos y juego, más que si de un domingo se tratara. Casi nadie, salvo algún inocente, intentaba ya obtener la ansiada cobertura telefónica. Y, lo más sorprendente, la gente hablaba, los adolescentes se juntaban en grupitos y se miraban a los ojos y familias enteras paseaban en tropel por las calles.
A pesar de que no sabíamos nada de lo que iba a pasar, seguíamos sin saber nada, ni cuando volvería la luz, ni si iríamos al trabajo al día siguiente, ni qué habría para cenar o cuantas velas nos quedaban, se observaba una relativa paz, sosiego y tranquilidad.
Mientras tanto, los niños pasándolo bomba en los parques en una jornada vespertina eterna y diferente de cualquier día lectivo que hubieran podido imaginar.
Evidentemente, excluyo de este relato, la trágica sesión que vivieron aquellos que estuvieron encerrados horas en trenes, ascensores o que no pudieron retornar a sus casas.
Pero si algo positivo surgió de una jornada tan aciaga y ‘extraña’ como la de ayer lo refleja el mensaje con que mi amigo antes aludido sintetizó su aventura de fin de año: «os deseo más abrazos y menos ‘me gustas‘, más conversaciones reales y menos mensajes de voz interminables. Que la conexión más importante siga siendo la humana (aunque no esté en 5G)»
Quizás no era tan cursi.
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