Laura García Pérez, Paula Álvarez Jáuregui y Natalia Alfaro García están siendo demandadas por Diego J. Guerrero y otras socias fundadoras por quedarse con la unidad productiva del colegio Montessori Village Albacete, sin pagar nada, tras oscuras maniobras y guerras constantes con el resto de los socios, en su gran mayoría profesoras del centro.
Guerrero reclama que se declare culpable el concurso que solicitaron Laura García Pérez y sus socias y que sean ellas “las condenadas a la prohibición de administrar bienes ajenos durante un periodo de dos años, igualmente a representar a cualquier persona en el mismo periodo, y a la cobertura del déficit de 141.394,21 €», según dice la reclamación.
Laura García, Marta Pérez y Natalia Alfaro son tres educadoras que acusan al empresario Diego J. Guerrero, de haberles estafado al ofrecerles ser socias de la escuela privada Montessori Village de Albacete y quedarse con su dinero. «Han sido los peores años de nuestra vida, hemos tenido que recibir atención psicológica y psiquiátrica», declararon en un artículo publicado en el diario El Mundo el pasado mayo.
Diego Guerrero por su parte responde, «es absolutamente increíble que me acusen de estafa de una sociedad en la que las profesoras controlaban el 80 % del capital cuando les cedimos el ‘saber hacer’ y la marca Montessori y les ayudamos a financiar las pérdidas ocasionadas durante su gestión casi 2 años».
Concretamente en el escrito presentado en el Juzgado Mercantil de Albacete se aduce que «Guerrero era ajeno a las operaciones de la concursada y que la encargada de la gestión del día a día operativo, propietaria del 10% de la sociedad, y que controlaba la información de todos los bancos, proveedores, etc., contrataba personal y manejaba los ingresos y los gastos corrientes era DÑA. LAURA MARIA GARCIA PEREZ. También expone que que lo único que ha hecho Guerrero ha sido ayudar a mantener vivo el proyecto con préstamos y pagando gastos».
«Todo empieza -continúa Guerrero- cuando empezaron los malos resultados económicos. Laura García, apoyada por Marta, inició una guerra con el resto de sus socias para quedarse con el colegio gratis y que costó montarlo entre 200.000-250.000 €.»
Según reconocían en el diario El Mundo se constituyeron en cooperativa, además de cambiar el nombre de la escuela, de Montessori Village a Montessori Minds, diciendo que rediseñaron de arriba abajo todo el proyecto, algo en lo que discrepa Guerrero que remarca que «es exactamente el mismo, pero desvinculándose completamente de la anterior sociedad».
«El problema, -enfatiza Guerrero- es que Laura, su directora, y otras dos socias instaron concurso obligado y llevaron el colegio al traste. Inmediatamente se quedaron con el centro sin que hubiera terminado el proceso concursal. Dicen que me que quedé con su dinero, algo absolutamente falso ya que no tengo ninguna participación en su sociedad. Lo único cierto es que ellas tienen ahora un colegio que costó montarlo entre 200.000 y 250.000 €, (obras, mobiliario, enseres, fianzas, permisos, etc.) y se lo han quedado sin pagar un euro al resto de socias. Es absurdo pensar que se puede montar ese centro educativo solo con lo que aportaron ellas, menos de 60.000 €, y tras haberse llevado solo ellas 3 veces más de esa cantidad en nóminas en los dos primeros años».
Cómo se creo el lío en Montessori Village Albacete

La idea de crear la escuela no partió de Diego J. Guerrero, sino de A.M. y su hija, que querían poner en marcha un centro educativo inspirado en la filosofía Montessori. Para hacerlo realidad reunieron a varias personas relacionadas con el mundo de la educación y buscaron apoyo económico para abrir el centro.
En este punto aparece Laura García, una de las personas más importantes de la historia. Laura no era una empleada que llegó después ni una persona ajena al proyecto, sino una de las impulsoras iniciales de la escuela. Formó parte del grupo que apostó por sacar adelante el centro desde el principio.
Además, Laura ya conocía bien el sector educativo de Albacete. Con mucha polémica había participado anteriormente en otro centro infantil de la ciudad que también atravesó dificultades y acabó cerrando. Gracias a esta mala experiencia, al menos es seguro que conocía de primera mano los retos que supone poner en marcha una escuela privada: coordinar equipos, trabajar con otras socias, gestionar conflictos y afrontar problemas económicos.
Pero en los momentos de la creación del colegio Montessori Village Albacete su fundadora A.M., atravesaba problemas personales muy relevantes, por lo que pidió ayuda a Diego Guerrero y las empresas que este lideraba, para que aportara el “know How” y los derechos de uso de la marca Montessori Village.
Lo primero que hizo fue presentarles a Miguel Moncayo, responsable de una gestoría con quien colaboraba en otros proyectos educativos, para que organizase la administración, ya que las profesoras carecían de experiencia en este terreno y Laura ya había fracasado en un intento anterior.
Las profesoras controlaban el 80 % del colegio pero se pelearon
Lo segundo fue coordinar la entrada en el capital de la sociedad de la fundadora del centro y de Fulltommy S.L., a nuevas socias en las siguientes proporciones:
A.P. la fundadora y su hija (30%), Laura García Pérez, Paula Álvarez Jáuregui, Mª Cristina Medina y Natalia Alfaro, 10% cada una. Además Miguel Moncayo (administrador) contaba con una participación del 20 % y Marta Pérez otro 10%, aunque es cierto que esta última entró más tarde y al final, con la guerra de las profesoras, nunca se pudo inscribir su compra a Amparo y su participación ante notario, aunque si se firmó en documento público digital.
Puestos al habla con Laura García, ésta ha declinado hacer declaraciones afirmando que «están muy saturadas del tema y que pronto va a salir resolución declarándolas no culpables» por lo que solo va a contestar a QHN una pregunta «ellos controlaban el 70 % de las acciones del colegio y tenían unas participaciones con el doble de derechos de voto». Datos que no corresponden con los mencionados anteriormente y que QHN ha podido verificar en documentos oficiales.
Sigamos con la cronología de los hechos. Diego Guerrero, decidió apoyar el proyecto de AM, y comprometerse a financiar las pérdidas del primer año, aunque al final fueron casi dos años.
La escuela fue creciendo poco a poco. Hubo que reformar el local, comprar mobiliario, adquirir materiales educativos y asumir numerosos gastos de funcionamiento. Como ocurre en muchos negocios nuevos, los primeros meses fueron complicados económicamente y el centro tuvo pérdidas durante todo ese tiempo.
Comienza la guerra entre las socias
Con el paso de los meses comenzaron a aparecer desacuerdos entre las socias. Existían diferencias sobre quién debía dirigir el proyecto, cómo afrontar los problemas económicos y quién debía aportar más recursos para mantener abierta la escuela. A esto se añadió una situación personal difícil para A.M., que afectó al funcionamiento normal del proyecto en sus primeras etapas.
Según nos comenta una antigua profesora «era una guerra de gatas constante. Todas querían mandar, especialmente Laura, una persona muy intensa. La convivencia era tan mala que lo verdaderamente extraño fue que el colegio no hubiera cerrado antes».
En esa fase, Laura García gana la batalla con el resto de sus socias y asume un papel aún más importante. Junto con Marta Pérez se quedaron al frente de la gestión diaria del centro, cada una en sus respectivas áreas de responsabilidad. Esto significaba tomar decisiones relacionadas con las familias, el personal, la organización interna y el funcionamiento general de la escuela.
Es evidente que para explicar el fracaso del colegio se debe tener en cuenta no solo quién aportó financiación o asesoramiento, sino también quién participó directamente en la gestión diaria y cotidiana del proyecto.
«Laura García tenía experiencia suficiente para saber que un proyecto educativo puede encontrarse con muchas dificultades durante su desarrollo. A partir de ahí, planteo una pregunta: si ella conocía esos riesgos y además participó en la gestión del centro, ¿es correcto explicar toda la crisis como si hubiera sido responsabilidad exclusiva de una persona externa?», dice Diego Guerrero. «Es completamente ridículo -continúa Guerrero-. Laura tenía el control casi absoluto y no sabemos si por incompetencia o porque tenía en mente otros planes, dejó el colegio en una situación tan mala que decidímos parar de apoyarlo financieramente, tal y como se pacto desde sus inicios».
El papel de Guerrero estuvo exclusivamente relacionado con la financiación y el apoyo empresarial y no con la gestión diaria del centro. Cuando la situación económica empeoró intentó encontrar fórmulas para dar continuidad al proyecto, aunque finalmente los problemas administrativos y financieros impidieron encontrar una solución.
La crisis acabó desembocando en un concurso de acreedores obligado instado por Laura García y sus dos socias, sin contar con el resto de los socios.
Se quedaron con el colegio de una forma misteriosa
Sin embargo, estas tres educadoras lideradas con mano férrea por Laura García continuaron de forma muy extraña trabajando en el mismo colegio, utilizando el edificio, el mobiliario, los enseres, etc. y bajo una nueva marca, Montessori Minds, con un “saber hacer” heredado, pero no pagado.
Diego Guerrero se pregunta como consiguieron que la Administración Concursal aceptase cederles la unidad productiva de forma gratuita y en su escrito de denuncia expone:
No sabemos cómo pudo ocurrir, pero Dña. Laura Maria Garcia Perez, Dña. Natalia Alfaro García y Dña. Marta Pérez Gómez representadas por el abogado D. Pablo Alarcon Soler, presentaron el concurso de acreedores y se quedaron con el colegio. No entendemos como el AC no se ha dado cuenta de tal circunstancia, porque el colegio sigue funcionando, sin licencias, sin cesión legal de ninguna clase y sin traspaso de unidad productiva a través del concurso.Se han quedado con todos los muebles, enseres, instalaciones, aire, pupitres, equipamiento, etc., y con el local. Estas 3 personas son las culpables del concurso y más Dña. Laura, que encabeza la situación, que llevaba la gestión de Albacete Education Group y que estamos seguros que ahora lleva la gestión las cuentas de la nueva empresa física o jurídica que se ha quedado con la unidad productiva.
En toda esta historia es difícil discernir quienes fueron los perjudicados, pero si seguimos el viejo aforismo típico de novela negra ‘follow the money», lo único que queda claro es que cuatro de los socios perdieron todo el dinero que pusieron y otros tres tienen ahora un colegio pagado entre todos, y que según dicen las actuales dueñas, «funciona muy bien».
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